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Cuando el equipo liderado por el explorador Antonio Armijo se topó con este terreno salpicado por extensas zonas verdes, apenas algunos indios Paiutes lo frecuentaban. Aquellas abundantes vegas alimentadas por manantiales subterráneos inspirarían el nombre de la ciudad que hoy todos conocemos, y que no podría distar más de ese oasis que contrastaba con las yermas tierras circundantes cercanas al Gran Cañón. Tras pasar a formar parte de Estados Unidos -pues por aquellos entonces pertenecía a México– se convertiría en zona de paso de la línea ferroviaria que unía ambos extremos del país en una obra de ingeniería tan grandilocuente como controvertida. Ya en 1905 la compañía de ferrocarril sacaría a subasta aquellas tierras auto-adjudicadas dando lugar a la fundación de la ciudad de Las Vegas

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Con la legalización del juego en 1931 y la cercana disponibilidad de agua, se inició la expansión de la ciudad y comenzaron a aparecer los primeros grandes hoteles con casinos de juego, curiosamente financiados en parte por el sindicado del crimen.

Lo cierto es que Las Vegas siempre se ha situado al filo de la legalidad ofreciendo a sus vecinos de Los Ángeles lo que ésta les prohibía.

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Desde el aire, en medio de un paisaje desolador de tonos térreos y colinas ondulantes, se descubre una cuadrícula de barrios residenciales cortados en sentido inverso por una veta de hoteles monumentales. Las Vegas Boulevard, la arteria principal donde se concentra la fastuosidad, el excentricismo y el desenfreno, se ilumina con millones de luces de neón al caer la noche y comienza el espectáculo. Una vorágine de ostentosos hoteles, carteles luminosos, ruidosos casinos, artistas callejeros y publicidad inverosímil nos trasladan a una nueva dimensión más propia de la gran pantalla que de la vida real. El novelista Chuck Palahniuk escribió una vez Las Vegas es como podríamos imaginar el Cielo por la noche, y una vez pisas el llamado Strip comprendes por qué.

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A la altura del aeropuerto internacional de Las Vegas, en esta misma interminable avenida, se encuentra el símbolo indiscutible y turistada ineludible de la ciudad. El famoso cartel que reza Welcome to Faboulus Las Vegas en anticipación de lo que nos espera más adelante. Desde aquí se vuelve imposible mantener la vista fija en la carretera, pues comienza el rosario de casinos y hoteles que pese a que pierden encanto bajo el sol abrasador del desierto, desprenden un aire a atrezo de Hollywood digno de asombro. En pocos minutos pasamos de las efigies egipcias y los castillos de cuento al skyline de Nueva York y la Torre Eiffel frente al fotogénico Bellagio. En este icónico hotel se han rodado las taquilleras The Hangover –Resacón en Las Vegas en Españay Ocean’s Eleven entre otras.

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Artistas de talla mundial como Frank Sinatra, Elvis Presley, Elton John y, más recientemente Bruno Mars entre muchos otros, han hecho de esta ciudad su hogar gracias a los multimillonarios contratos de los casinos y resorts ansiosos por satisfacer la sed de entretenimiento de su clientela. Como cabría esperar, un sinfín de espectáculos de toda índole se celebran cada día en la llamada Ciudad del Pecado. Desde aclamados musicales hasta representaciones teatrales o incluso uno de los principales rodeos de Estados Unidos

Una vez pasado el éxtasis lúdico y lumínico toca partir hacia los bellos parajes naturales que esconde el desierto y gastar rueda en la carretera madre e histórica Ruta 66.

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Ruta 66 y sus pueblos mineros

Abandonamos la ciudad por el extremo Sur de camino a uno de los hitos de la ingeniería americana. A poco más de media hora alcanzamos la faraónica presa Hoover, construida durante la época de la Gran Depresión, entre 1931 y 1936. Una corta parada de gran importancia que nos acercará un poco más al trascendental papel histórico de la presa en la región. Nos toca desandar unos pocos kilómetros antes de tomar la 95 que discurre prácticamente análoga al río Colorado al Este. A unos quince minutos nos topamos con la carretera estatal 165 que nos llevará hasta Nelson Ghost Town, un verdadero museo gratuito al aire libre apenas conocido.

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Al cobijo de las colinas que antaño le dieran vida, se nos presenta una colección de antiquísimos vehículos maltratados por el clima del desierto, construcciones de madera ajada y parafernalia clásica americana. En un porche, donde bien podríamos encontrarnos a John Wayne, un cartel reza Propiedad Privada. Como salido de la nada, un sonriente lugareño nos saluda y se detiene a charlar con nosotros. Nos indica que junto a otros vecinos de una localidad cercana se ocupa de conservar el encanto del pueblo. Se despide en tono jocoso con un “andad con cuidado y recordad que el desierto es el mejor lugar en el que guardar un secreto”. Es hora de continuar el viaje.

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Tras varios kilómetros de interminables rectas tomamos un nuevo desvío hacia el Este, que nos acerca hasta la pintoresca localidad de Oatman. Enclavado en una baldía cordillera encontramos aquí la inconfundible estampa de una película Western. Edificios de madera arrugada por el tiempo y el polvo, tiendas de antigüedades atiborradas de aperos cowboy, trastos oxidados, sillas de montar y libros amarilleados; un molino añejo y por supuesto…burros, muchos burros, que campan a sus anchas por el pueblo en busca de manos que los acaricien.

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Tras el descubrimiento de oro en 1915 la población de Oatman aumentó notablemente y sus minas se convirtieron en unas de las más productivas del Oeste de EEUU. Pasada la Segunda Guerra Mundial cesó la actividad minera y poco más tarde la Ruta 66 dejaría de ser la principal carretera hacia Los Ángeles, lo que llevó a la marcha de la mayoría de sus habitantes. Estos jamás se habrían imaginado que el turismo reactivaría la zona y que los burros que dejaron atrás terminarían protegidos por el Departamento de Interior de los Estados Unidos. Pero si tuviéramos que destacar algún edificio en particular probablemente sería el del Hotel Oatman, construido con barro en 1902 y cuyo restaurante se encuentra literalmente forrado de billetes de dólar. Y entre ese mar de verde pálido se distingue la figura de Willie Nelson, en un improvisado escenario con su fotografía al fondo.

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Tras sortear el valle a lo largo de una serpenteante carretera llegamos a Kingman, otro de los puntos de interés de la Ruta 66 y donde cabe destacar el famoso Mr. D’z Diner. A algunos nos recordará a la película Greese y a otros a la serie Stranger Things. Si ni siquiera te suena esta última, ya sabes…Tempus fugit ;-). En cualquier caso, es el lugar perfecto para edulcorar nuestro sistema y degustar unas calóricas y deliciosas hamburguesas en uno de esos bancos corridos o booths que tantas veces hemos visto en televisión. Todo ello decorado al más puro estilo años 50.

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Desde Kingman continuamos por la Ruta 66 para dirigimos a través de un auténtico secarral que nos evoca imágenes de carruajes de los primeros colonos en busca de la soleada y fértil California. Pueblos como Hackberry nos recuerdan el pasado algo más cercano de Estados Unidos antes de la intersección con Indian Road. Esta discreta vía nos lleva a la tierra sagrada de Havasupai, a la que solo es posible acceder mediante una reserva en su único alojamiento –un lodge de madera de 24 habitaciones- o en la zona de acampada libre, también limitada en plazas. Unos pocos minutos suelen ser suficientes para que estas se agoten –aunque siempre hay cancelaciones y opción de conseguirlas más adelante-, y la razón no es ni más ni menos que una de las cascadas más bellas del planeta.

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En un pequeño recodo del inmenso Gran Cañón se esconde un estanque de agua azul celeste alimentado por el arroyo Havasu, otorgando al lugar un aspecto mágico donde no es difícil imaginar una vida apacible al son de la harmonía de la naturaleza. Continuamos hacia Seligman, otra de esas pequeñas localidades inundadas de artículos decorativos de la Ruta 66, parafernalia hippie, y toda clase de americanadas. Un auténtico placer para cualquier seguidor del género western, la música de raíces y el rock n’ roll.

Al fin llegamos a Williams, el último pueblo antes de abandonar la Ruta 66 en dirección al Parque Nacional del Gran Cañón, ubicado junto al mayor bosque de pino ponderosa del mundo.

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Pasamos el punto de entrada al parque y nos dirigimos hacia el que podríamos llamar el inicio de la ruta panorámica del South Rim o extremo sur del parque nacional. Conducimos hacia el primer punto de observación a través de una carretera pavimentada delineada por finos robles y árboles de caoba. Éstos nos permiten apreciar sutilmente lo que parece el Gran Cañón del Colorado, ahondando aún más si cabe en la ilusión de todo primerizo que se topa con esta auténtica maravilla de la naturaleza. Ahora sí, con nuestro vehículo ya estacionado nos dirigimos hacia el abismo, al tiempo que en nuestro rostro se dibuja una dilatada sonrisa en busca de respuestas ante semejante inmensidad.

 

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Una profundidad máxima de 2 km, una anchura de entre 5.5km y 30km y una superficie total de 4900 kilómetros cuadrados. Unos números que por sí solos impresionan pero que no fueron capaces de anticipar lo que se encontraba ante nosotros. Cada uno de los miradores panorámicos distribuidos a lo largo de la Desert View Dr. nos ofrece una nueva perspectiva con la que deleitarnos, pero es en Grandview Point –cuyo nombre habla por sí mismo- donde alcanzamos el punto álgido. Con los últimos rayos del ocaso comienza en las escabrosas paredes del cañón un juego de luces y sombras que enmudece a los allí presentes al tiempo que las planicies que lo envuelven se inundan de un tono anaranjado intenso. Sumidos en la oscuridad de la noche, con la silueta del Gran Cañón al frente, toca alzar la mirada para descubrir las miles de estrellas que reclaman la atención desde lo más alto.

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Llegados a este punto resulta incuestionable tomar un pequeño desvío hacia el telón de fondo por excelencia del género wéstern. Tsé Biiʼ Ndzisgaii, nombre otorgado a este territorio por el pueblo Navajo, se traduce como “Valle de Rocas”. Resulta evidente, al adentrarnos en esta gran depresión de la meseta de Colorado, el porqué del mismo. Sus omnipresentes monolitos de tonos térreos conquistaron la gran pantalla en el aclamado film de John Ford, La Diligencia, y rápidamente sus características siluetas se anclaron al imaginario popular en representación de todo un país. La Ruta 163 brinda al viajero esa icónica estampa de carretera interminable con los gigantes de roca al fondo. Aquella en la que Forrest Gump decidió dejar de correr, aseverando aún más si cabe la leyenda de este paisaje inconfundible. 

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Mucho menos frecuentada, la zona norte del Gran Cañón –North Rim– nos brinda una nueva perspectiva desde la que deleitarse con esta vasta hendidura. Cuando los primeros europeos alcanzaron Norteamérica se estima que hasta cien millones de bisontes poblaban esta región del continente. Tras la cruenta cacería acaecida durante el siglo XIX su número se redujo drásticamente hasta el abismo de la extinción, pero gracias a los esfuerzos de conservación actualmente se estiman en alrededor de 350.000. Su orgullosa e imponente figura constituye uno de los símbolos de la américa más salvaje y se presenta como el pretexto idóneo para utilizar esta vía de regreso a Las Vegas, donde aún es posible verlos en libertad.

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Con nuestros sentidos alerta, abordamos la carretera panorámica que une los principales miradores del North Rim. Bright Angel Point, Cape Royal o Point Imperial, nos permiten saborear por última vez el magnífico Gran Cañón antes de poner rumbo a otro parque natural de belleza exquisita. Zion Park es el cuarto parque nacional más visitado de Estados Unidos, solo dos puestos por debajo del Gran Cañón, lo que debería servir como razón suficiente para visitarlo. Las vistas más impactantes nos las brindan los puntos de observación Scouts Lookout y Angel’s Landing, este último no apto para personas con vértigo.

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Poco más de una hora por carretera nos separa del Parque Nacional del Cañón de Bryce, parada ineludible en cualquier viaje por la costa oeste de Estados Unidos.  En él hallamos una serie de anfiteatros naturales tallados en la meseta, donde unas rocas de formas casi escultóricas se convierten en espectadoras de nuestra maravilla. De nuevo, son los miradores panorámicos establecidos al efecto los que nos descubren los paisajes más fotogénicos. Bryce Point, Inspiration Point, Sunset Point y Sunrise Point, destacan sobre el resto y nos dan pistas sobre el momento idóneo del día en el que visitarlos.

Con las icónicas y salvajes estampas naturales de la región aún reflejadas en nuestras retinas, es momento de tomar rumbo a Las Vegas. O, por qué no. La rica y soleada California. Donde las tierras áridas de Utah, Arizona y Colorado dan paso a las playas doradas de la costa oeste, los bosques de secuoyas gigantes y las ciudades con gen de intérprete.

¡Volveremos!

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Foto: Parque Nacional de Yosemite de camino a Los Ángeles desde Las Vegas